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Los niños con empatía, una vacuna contra la intolerancia

Los niños con empatía, una vacuna contra la intolerancia


La consideración hacia los demás se inculca a través del lenguaje, el ejemplo y normas claras

La sombra de la infancia que todo padre conoce y de la que pocos hablan fuera del hogar, comentarios hirientes, actitud egoísta, manipuladora, incluso agresiva. A veces este tema no es nombrado. Cómo iba a nombrarse: son comportamientos que descolocan a los adultos aunque, en mayor o menor medida, todos los niños los experimenten. Por fortuna, son el signo de una etapa en la que los pequeños comienzan a desarrollarse socialmente -entre los cuatro y los seis años- y en la que su mundo aún está marcado por las necesidades inmediatas. Hasta que no la cruzan no comienzan a desarrollar la capacidad mostrar consideración por los demás. Es en este punto en el cual nace la empatía, pero el parto es delicado, requiere grandes dosis de paciencia y ayuda.

Se le tiene que hablar de ayudar, aunque pienses que no te entiende

Vivimos en una comunidad no en una burbuja, es todo un descubrimiento para los niños. Y no llega sin más; es el producto de un trabajo educativo en el que los padres deben implicarse por completo. Implantar normas y límites claros es imprescindible para que los niños empiecen a distinguir entre lo que está bien de lo que está mal, así como para que empiecen a desarrollar el autocontrol.

Pese a que la empatía es un sentimiento complicado, la neurocientífica Helen Riess sostiene en su libro The Empathy Effect que la automatización de ciertos comportamientos que expresan amabilidad, como dar las gracias o a facilitar ayuda cuando alguien la necesita, es una manera de ir desarrollando esta capacidad. Riess hace hincapié en vigilar el lenguaje y no normalizar cometarios como “odio a este profesor”. Enseñar a ser amable.

No es facil, pero hay muchos recursos al alcance de los padres concienciados. Por ejemplo, fomentar la comunicación en cuentos y películas ayuda a los niños a entender la naturaleza humana. Tener una mascota en la familia es otro clásico que no pierde su fuerza, no solo enseñan a los niños el valor del cuidado, también el de la responsabilidad.

El ejemplo, es fundamental

Las noches en que padres e hijos conectan en las páginas de un libro y los paseos en la compañía animal hacen que el camino hacia la empatía sea perfecto, pero en los recodos crecen las sombras. Algunas de ellas dibujan problemas particulares que pueden impedir su buen desarrollo, pero son casos minoritarios. Cuando el objetivo de que los niños desarrollen y mejoren la empatía se aleja más y más, hasta que emergen monstruosos jóvenes maltratadores...

También apreciamos conductas impulsivas y otras dificultades en habilidades sociales, problemas de autocontrol y baja tolerancia a la frustración. En algunos casos el desencadenante está en la presión de grupo, en conductas de agresivas en la familia…

Zapico insiste en el esfuerzo de las familias por que sus hijos desarrollen y mejoren su sensibilidad para entender los problemas y circunstancias de otra persona, el ejemplo es fundamental. Si los niños aprecian batallas campales entre sus padres o a comportamientos en los que el desprecio se convierte en moneda de cambio, cualquier camino trazado en dirección a la empatía se desvanecerá. Por esto no existe la empatía sin la ética. Las dos agujas de esta brújula que indica el buen camino de la libertad del ser humano.

Nuestros niños pueden salvar el mundo

El mundo es duro y nuestra naturaleza, cruel. Son dos lecciones que todos debemos aprender... pero no hay prisa. Sin embargo, algunas familias se ven tentadas a acelerar el proceso en las mentes aún tiernas de sus retoños, por ejemplo, a través de actividades solidarias, generalmente organizadas por adultos. 

El espíritu que mueve y fomenta a los padres a involucrar a los niños en actividades como estas para que puedan conectar con las necesidades de los demás no podría tener mejores intenciones. Pero la empatía, esa magnífica capacidad de compartir los sentimientos de otros seres humanos, esa luz invisible que ha sido declarada en busca y captura en los círculos neurocientíficos, no es un proceso que se pueda forzar. Pensar que los niños en su infancia serán mejores personas por mancharse con la desgracia ajena, en actividades generalmente organizadas por y para adultos, no solo supone un dudoso gasto de energía, sino que puede constituir un problema de bulto desde el punto de vista de la pedagogía.

Una empatía buena y sana nos permite implicarnos en los problemas de los demas pero con una importante condición: no perder de vista la frontera que los separan de las propias tribulaciones. Quien no es capaz de manejar el equilibrio, cuya delicadeza emerge fácilmente cuando uno está cara a cara con la desgracia ajena, sin cordones sanitarios de por medio, corre el riesgo de desarrollar la fatiga por compasión. 

El psicólogo cínico del hospital Vithas Nisa Pardo de Aravaca Carlos Rodríguez Méndez sostiene que, quien insiste en la importancia de establecer límites en las relaciones interpersonales. También hace hincapié que las personas que no establezcan bien estas fronteras se convertirán en “demasiado influenciables, hasta el punto de que pueden desconectarse de sí mismos, asumiendo los problemas ajenos como propios”.